lunes, 23 de enero de 2012

Viernes 06 de Enero 2012

Nos levantamos temprano porque A tenía que ir a dejar unos papeles de su viejo a la municipalidad de Talcahuano, así que a eso de las 10 ya estábamos fuera de la ducha, vestidos con la misma ropa del día anterior y caminando hacia Paicaví a tomar específicamente la Ruta Las Galaxias porque según A es la micro más rápida, aunque en ese momento yo no sabía que era por eso. 
He visto pocos lugares tan feos como Talcahuano, es cierto que hace poco tiempo fue azotado por un terremoto y posteriormente un tsunami, pero creo que echarle completamente la culpa a esa catástrofe es meter la suciedad debajo de la alfombra. La ciudad no tiene pies ni cabeza, los edificios públicos están desparramados por cualquier parte y hay manzanas enteras de construcciones abandonadas hace años. Pero a pesar de todo eso no deja de tener aquel misterioso encanto que todas las ciudades costeras poseen, y no me refiero precisamente a la infinita variedad de olores desagradables. 
Una vez que terminamos de hacer el trámite en el edificio consistorial, caminamos hacia las marisquerías para ver si es que se podían ver algo interesante. En mis muchos años mirando televisión he visto programas donde explican que en este planeta existen lugares en que el ser humano es desplazado como especie dominante, ya sea por los leones (sabana), osos polares (ártico), murciélagos (oscuridad) y moscas (casas de campo), pero nunca me imaginé que animales tan comunes y silvestres como las gaviotas pudiesen transformarse en el terror de nuestras cabezas. Ya sea por sus amenazantes bombardeos aleatorios de caca, o porque mientras estás parado en la orilla de la costanera te pueden dar un empujón volador y ¡chas! te conviertes en el hazmereir del puerto. Una vez que logramos sortear la barrera de gaviotas, saltando y esquivando al más puro estilo Donkey Kong, logramos llegar al bordemar y para suerte nuestra habían unos cuantos lobos marinos haciendo su show, el cual básicamente consiste en sacar del agua la mitad de su cuerpo y bostezar, o si andas de suerte puedes escuchar uno que otro sonido estomacal o verlos mordisquearse como si fueran adolescentes en el pasto. Bueno, tuvimos la suerte de ver las tres gracias, además de un perro quiltro que ladraba y corría de un lado a otro deseando con toda su alma ser uno más de la pandilla marina. Lamentablemente la cámara nueva de A no tenía mucha batería así que alcanzamos a sacar tan sólo un par de fotos sin poder revisar, por lo menos, que saliéramos mejor que los lobos.


Una vez de vuelta en casa de A tuvimos que preparar almuerzo para M y J que se encontraban en cama. M padecía del síndrome "Acabo de dar la PSU y este es será mi último verano como adolescente sin responsabilidades", mientras que J sufría de "Recién terminé de estudiar 4 años de teatro en Buenos Aires y de vuelta en mi país quiero que me traten como reina". Nos echamos los cuatro en la cama de U, que no estaba, y mientras comíamos mirábamos las noticias de TVN que mostraban a los brigadistas forestales que murieron combatiendo un incendio en la región de La Araucanía, que según el gobierno fue causado por los integrantes de alguna comunidad indígena. Acusación desafortunada que al parecer se hizo de manera demasiado apresurada, puesto que ya han pasado varias semanas y aún no se ha logrado mostrar ninguna prueba concreta de su responsabilidad en aquella tragedia. La siguiente noticia en aparecer fue acerca del estado de salud de Cristina Kirchner, presidenta de Argentina, cuya salud estaba en jaque debido a un supuesto cáncer que finalmente resultó ser nada más que un tumor benigno. Aquí fue cuando A pidió que le quitáramos el "mute" a la televisión. J superó milagrosamente el mal que la aquejaba y caminó cual Lázaro hasta el televisor para subirle el volumen ya que desde el remoto no funciona. A también estuvo viviendo un par de años junto a J en Buenos Aires y por esta razón es que sienten cierto tipo de admiración hacia la figura de la señora K, admiración que no le he visto por ningún político en este lado de la cordillera.
Como a mi no me interesaba nada de eso me fui a buscar el teléfono y llamé a la universidad para saber si de una vez por todas ya tenían listo mi certificado de título. No me sabía el número del anexo "Títulos y Grados" así que llamé a la escuela de arquitectura para que Gina me comunicara. Gina es la secretaria más amable que alguna vez haya conocido. Siempre, pero siempre te atiende de buena gana y nunca, nunca está en la oficina porque se lo pasa metida en convivencias del día de la secretaria, día del funcionario no académico, el cumpleaños del decano y un montón de otras actividades. Supongo que su buen carácter se debe en parte a que se pichicatea bien seguido en el trabajo.


-Escuela de arquitectura, buenas tardes.
-Buenas tardes. Gina necesito hablar con títulos y grados, por favor.
-Como usted mande joven.
(Tono telefónico)
-¿Aló?
-Buenas tardes. ¿Hablo con la señora Margarita?
-MAGDALENA.
-Magdalena, eso. 
-Dígame.
-Llamo para saber si está listo mi certificado de título. Fui hace unas seman...
-RUT. Interrumpió amablemente. 
Le dije mi rut sin mencionar el último número después del guión porque en el sistema de mi universidad nunca lo utilizan para nada y siempre me he preguntado cual es la historia detrás de esa cifra final del rut ¿Y si hay alguien que tenga exactamente el mismo rut y sólo se diferencia en el "guión algo"? ¿Y si esa persona estudia exactamente en la misma universidad que yo? Yo cacho que sería la mansa ni que paradoja universal y de seguro me harían un reportaje en Meganoticias titulado "Joven arquitecto aparece casado con anciana de Purranque quien reclama pensión alimenticia para su lechón albino".
Luego de el típico sonido de teclado que se escucha cuando le preguntas algo a una secretaria me respondió.


-Esta listo su certificado de título.- Una sensación de calorcito comenzó a subir por mi cuello- A ver espere un momento... -Ahí me puse helado- No, no. Efectivamente está listo para que venga a retirarlo.


Media hora después ya estábamos con A en la universidad y luego de visitar a la secretaria Margarina o Magdalena o como sea, fuimos a caminar por la avenida Los Plátanos. 


-Llama a tus papás para contarles-. Insistía.
-Nooo. No sé, me da nervios.


Finalmente llegamos caminando a la recientemente inaugurada biblioteca de mi universidad. Yo ya la conocía, pero entramos igual porque quería que A viera por lo menos alguna construcción moderna dentro del campus, ya que recién habíamos comentado que la decoración de Títulos y Grados parecía sacada de la dictadura militar.
Subimos y avanzamos hasta donde se puede entrar sin carnet universitario. Nos sentamos en un sofá y tomamos de una mesa cercana un libro gigantesco que tenía muchas fotos acerca de la vida y obra de Le Corbusier. De verdad que nunca había visto un libro tan grande. Era tan grande que cuando lo abrimos una tapa cubría completamente las piernas de A y la otra mitad las mías y todavía sobraba libro, O, sea abrir ese libro era como meterse dentro de una cama. Es cierto que no somos las personas más corpulentas del sur, pero eso no le quitaba méritos a la inmensidad del libro. Lo primero que buscamos fue las imágenes de Nuestra Señora de Ronchamp, porque una vez A vio en su universidad una exposición de maquetas de grandes obras en la historia de la arquitectura y esa le llamó la atención debido a que "parecía la casa de los Picapiedras". En ese momento me di cuenta que la estaba amando mucho, pero en vez de decirle "te estoy amando mucho"  tan sólo le dije "debe ser Ronchamp". 
Luego revisamos imágenes de la Unidad Habitacional de Marsella para compararla con el Edificio Tucapel, también le expliqué de qué se trataba el Modulor y por supuesto revisamos la Ville Savoye. 
La última foto que vimos en aquel libro gigante era la imagen de un anciano Le Corbusier con traje de baño, entrando en el mar, justo antes de morir ahogado en la Costa Azul el año 1965. Naah, mentira. No fue justo antes de morir ahogado, pero esa sí que habría sido una excelente foto para terminar el libro.